El mejor amigo del hombre

Hay dolores a los que simplemente te acostumbras. Uno de ellos, para mí, es la jaqueca que me sobreviene después de veinte infernales minutos atrapada en el tráfico del Distrito Federal, especialmente cuando no es ni medio día y ya llevo un pequeño retraso a la primera cita de la jornada. Llego en friega al hotel y corro a la habitación acordada. Apenas me da tiempo de darme el último retoque en el elevador antes de llamar a la puerta.

Me abre un muchacho serio y tímido que no me reclama en absoluto por el pequeño retraso. Lo saludo con una sonrisa cínica y nos besamos. Platicamos un poco hasta que lo tomo de la mano y lo invito a entrar en mayor confianza. Para algo estábamos allí además de contarnos nuestras vidas. Él se retrae y, con más pena que gloria, lleva la mano a su nuca y me advierte a quemarropa que sufre un problemilla. Me confiesa tartamudeando que, cuando está muy nervioso, sencillamente el cuerpo le falla y aquel que debiera ser su mejor amigo, nomás no se le para.

Me cae que no es la primera vez ni, estoy segura, será la última que me toca escuchar esa triste sentencia, así que acostumbro tomarlo con calma y tratar de ayudarlo a desinhibirse. En este negocio me toca a menudo escuchar todo tipo de cosas, así que oír que mi contrincante tiene broncas para levantar el asta no es cosa de otro mundo. No tengo más que el reto de, en el lapso apremiante de una hora, hacer lo posible para que los nervios bajen y la carnita suba.

Me tocó vivir en una época en que la sexualidad va encontrando solución a sus problemas, pero también en que el estrés está logrando que la mayoría de las broncas las alojemos en la tatema. En otros tiempos los asuntos de disfunción eran principalmente clínicos. Llegaba un momento en que el cuerpo daba de sí y comenzaba a ser más difícil que aquellito levantara vuelo y, llegada cierta edad, los hombres tuvieran que conformarse con cargar entre las piernas un moco de guajolote y los recuerdos de los tiempos en que con eso libraron sus mejores batallas. Afortunadamente, contra ese tipo de disfunción puede mucho más una pastillita azul que las caricias de ésta profesional. Un medicamento que bien podría ser el descubrimiento del siglo y que vuelve a la vida sexual a cantidad de canijos que ya habían dado por jubilada la parte más divertida de sus vidas. Así que hoy, en cualquier farmacia pueden encontrar quienes viven dificultades para despertar al muchacho una solución inmediata al asunto.

3 porras y 2 mentadas:

Anónimo dijo...

¡¡¡¡¡SSÍIIIIII!!!!!! Al fin túuuuuu!!!!

100%Ferfan

bitacora-81 dijo...

Fer, neta que chida la forma en que escribiste este tema

heggel2 dijo...

Hola encantadora FER, me da mucho gusto que escribas y saber que todavía existes. No pierdo la esperanza de que en un dia no muy lejano, te llame para tomar un servicio y poder conocerte y a la vez, disfrutar lo que hizo “dios para sus hijos“. Bueno me despido, muchos saludos y besooosss !